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Juana de Trastámara

El 10 de mayo de 1475 el ejército portugués entró en Plasencia al mando de su rey con catorce mil infantes y cinco mil setecientos jinetes. Allí­ le esperaba la sobrina de Isabel, Juana de Trastámara, de trece años de edad, que fue proclamada reina de Castilla y de León y casi en el mismo dí­a se casarí­a con su tí­o Alfonso V el Africano (viudo de 43 años), rey de Portugal, obteniendo también el tí­tulo de rey de Castilla y de León. Como curiosidad pasará a la historia como Juana la Beltraneja, puesto que la leyenda popular o  más bien sus enemigos hicieron correr el rumor que su verdadero padre era Beltrán de la Cueva, primer duque de Albuquerque.

Todas estas ceremonias e invasiones militares eran la respuesta de Juana a Isabel, autoproclamada reina de Castilla el año anterior al fallecer Enrique IV.

Evidentemente, esta situación habí­a que resolverla de alguna manera y fue mediante una guerra de marcado carácter internacional en la que intervinieron activamente Castilla, Aragón, Portugal y Francia, distribuyéndose en dos bandos contendientes:

– Apoyando a Juana: Portugal, Francia y parte de la nobleza castellana: Arzobispo de Toledo, la familia Estúñiga, el Marqués de Villena, el marqués de Cádiz y el maestre de la Orden de Calatrava.
– Apoyando a Isabel: Aragón y parte de la nobleza castellana: familia de Mendoza, la familia Manrique de Lara, el duque de Medina Sidonia, el ex valido Beltrán de la Cueva, la Orden de Santiago y la Orden de Calatrava excepto su maestre.

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Isabel de Castilla

Las ciudades más importantes que apoyaron a Juana fueron Arévalo, Burgos, Toro, Zamora y Ciudad Real. Si bien tener el apoyo de la ciudad no significaba que el castillo o fortaleza lo hiciese también, era el dueño del mismo el que lo decidí­a, es decir, el noble. Estos apoyos fueron muy inferiores a los que Alfonso esperaba, por lo que desistió de internarse demasiado en Castilla, plan inicial en el que buscaba enlazar con las tropas francesas que se supone que Luis XI de Francia le iba a enviar a través de Navarra y con las que conectarí­a en Burgos, plaza asegurada por el noble Iñigo de Zúñiga. Esas tropas nunca llegaron al ser frenadas en su avance en Fuenterrabí­a (actual Hondarribia), ciudad sitiada hasta en tres ocasiones y que no consiguieron sojuzgar. Alfonso de Portugal prefirió quedarse reforzando sus posiciones en las zonas cercanas a su reino. Para muchos historiadores esta indecisión y algunas otras más que ocurrieron a lo largo del conflicto resultaron decisivas para que finalmente fuera Fernando de Aragón el que obtuviese la victoria para su reina y señora, mucho más joven y decidido que su rival.

 

Las tropas isabelinas se concentraron en Tordesillas desde donde marcharon hacia la ciudad zamorana de Toro para salvar el castillo de esta ciudad, fiel a Isabel, buscando el combate con los portugueses, pero finalmente se retiraron al no disponer de la artillerí­a ni la maquinarí­a de guerra precisa para vencerlos. Más tarde contraatacaron tomando Trujillo y ocupando otros importantes territorios pertenecientes a las í“rdenes Militares. En enero de 1476 también cayó Burgos.

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Batalla de Toro

En febrero del mismo año se produjo la decisiva batalla de Toro en la que, si bien no hubo un claro vencedor militar, el bando isabelino salió polí­ticamente victorioso al producirse una retirada casi masiva de las tropas portuguesas a su paí­s dejando a Juana abandonada y con tan sólo el apoyo de diversos nobles y ciudades.  Estos últimos núcleos de resistencia fueron derrotados a lo largo de los años siguientes, consolidando así­ Isabel y Fernando su poder en todo el territorio de Castilla. Este fue el fin del poder militar de la nobleza, si bien en el orden económico y social continuaron gozando de gran poder e influencia.

El otro escenario de la guerra fueron las islas y las costas africanas atlánticas, donde las naves castellanas y portuguesas se disputaron las rutas comerciales que traficaban con el oro y los esclavos de Guinea y la soberaní­a sobre esos archipiélagos.

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Isabel y Fernando

Esta guerra terminó con el Tratado de Alcaçovas a partir del cual Isabel y Fernando fueron  reconocidos como reyes castellanos y se entregaron a Portugal las posesiones atlánticas a excepción de las Islas Canarias, algunas de cuyas islas aún quedaban por conquistar. La princesa Juana renunciaba a todos sus tí­tulos castellanos y a ser recluida en un convento o a casarse con el heredero de los reyes, el prí­ncipe Juan, recién nacido durante el conflicto. Pasó de casarse con un rey que le sacaba más de 30 años a tener que esperar a que creciese un neonato. Finalmente, ante tales tesituras, optó por el convento aunque esto no significó su retirada de la vida polí­tica, en la que continuó activa formando parte de la corte portuguesa en varias ocasiones y firmando cabezonamente todos sus documentos con la leyenda: “Yo la Reina”.

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