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Vísperas sicilianas

En el siglo XI, unos aventureros normandos derrotaron a los árabes en Sicilia, que la ocupaban desde el año 827. Después de apoderarse de la isla, los normandos pasaron a Nápoles, expulsando a los bizantinos. El reino normando se extendió a lo largo de un siglo, hasta que los derechos de sucesión del reino de Sicilia pasaron a la casa de Hohenstaufen, cuyo heredero, Federico II, era emperador del Sacro Imperio Romano Germánico.

El reinado de Federico II estuvo marcado por el conflicto con la Santa Sede; en él se enmarcaba el enfrentamiento entre güelfos y gibelinos, partidarios del Papa y del Emperador respectivamente. A la muerte de Federico II, el papa Inocencio IV vio llegado el momento de golpear a los Hohenstaufen, colocando en el trono siciliano a un monarca favorable a él. El Sumo Pontífice ofreció la corona al hermano del rey de Inglaterra, pero la oferta fue rechazada por éste. Al final, quien aceptó fue el rey Luis IX de Francia, quien aceptó colocar en el trono siciliano a su hermano Carlos de Anjou (1226-1285).

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Carlos de Anjou

Para Carlos de Anjou, que fue nombrado rey en 1266, la posesión del sur de la península italiana no era suficiente para colmar su ambición. El flamante monarca vio en su nueva posesión un trampolín para alcanzar metas mucho más grandiosas, como la conquista del Imperio bizantino.
Pero, por de pronto, Carlos de Anjou debía hacer frente a la oposición interna. Los gibelinos protagonizaron una revuelta en 1268, que fue sofocada violentamente por el francés. Durante la represión posterior, 130 nobles que habían apoyado la sublevación fueron ejecutados.
En 1281, Carlos de Anjou se encontraba en disposición de acometer su objetivo de apoderarse del Imperio bizantino: había comprado los derechos del Reino de Jerusalén, era protector del reino de Armenia, el Emir de Túnez le pagaba tributo y sus soldados ocupaban parte del Peloponeso. Por último, y a instancias suyas, el papa Martín IV había excomulgado al emperador bizantino, Miguel VIII Paleólogo. Tras establecer un tratado que le aseguraba la asistencia de la flota veneciana, Carlos estaba a punto de lanzar una formidable cruzada con el objetivo de conquistar Constantinopla, tal como había sucedido en 1204. Pero, afortunadamente para el Imperio Bizantino, el 31 de marzo de 1282 sucedería un hecho que obligaría a Carlos de Anjou a concentrar toda su atención en su propio reino.

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Miguel VIII Paleólogo

Las ambiciones de Carlos de Anjou le habían hecho perder de vista lo que estaba ocurriendo entre sus súbditos. Éstos se encontraban profundamente descontentos ante la administración opresiva y la tiranía fiscal que padecían. Por ejemplo, el rey exigió a los terratenientes que presentaran sus títulos de propiedad; como numerosas familias carecían de escrituras, sus tierras fueron confiscadas y entregadas a los franceses, quienes formaban casi en exclusiva la clase dirigente. Pero lo que más resentimiento causaba hacia los franceses era su actitud arrogante y despótica.

Los habitantes de Palermo se sentían especialmente agraviados. Carlos de Anjou había decidido trasladar el centro del poder de Palermo a Nápoles, una ciudad más proclive a su persona, lo que relegó a la antigua capital a un papel secundario. La gota que colmó el vaso de la indignación de los palermitanos fue la intención expresada por el gobernador de la ciudad de privar a la población del derecho de portar armas, con el objetivo, precisamente, de impedir o dificultar una sublevación popular. La chispa que encendió la temida revuelta se produjo en la iglesia del Espíritu Santo de Palermo, en la que se festejaba el Lunes de Pascua, y a la que numerosos fieles habían acudido para asistir a los oficios vespertinos.

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Pedro III de Aragón

En la plaza situada delante del templo, los fieles esperaban tranquilamente la hora de entrar cuando llegó un grupo de franceses borrachos. Uno de ellos, un sargento, se dirigió a una joven casada y empezó a molestarla. El esposo reprendió al militar, pero éste no cejó en su impertinente actitud. La discusión fue subiendo de tono hasta que el esposo sacó un cuchillo y apuñaló al sargento delante de todos. Mientras unos soldados franceses le socorrían, otros intentaban atrapar al marido ultrajado para darle su merecido. Pero los palermitanos, mucho más numerosos, los rodearon y les dieron muerte justo en el momento en que las campanas de la iglesia y las de toda la ciudad empezaban a tocar.

Iniciada la rebelión, la ira popular recorrió las calles de Palermo. Al grito de «¡Muerte a los franceses!», los palermitanos asesinaron a los cerca de dos mil franceses que residían en la ciudad, incluyendo a ancianos, mujeres y niños. Los sublevados llegaron a asaltar conventos en busca de religiosos franceses para darles muerte.
En las jornadas siguientes, el levantamiento se extendería como un reguero de pólvora. Las matanzas de franceses se producirían en las villas y ciudades cercanas, y después, por toda la isla. Cuando la sed de sangre de los sicilianos quedó saciada, los cuerpos de más de ocho mil franceses reposaban sin vida.

Sin embargo, existe otra versión, según la cual la sublevación popular no fue todo lo espontánea que cabía pensar a tenor de esos hechos. Al parecer, Miguel Paleólogo había obtenido el apoyo de Pedro de Aragón para neutralizar a Carlos de Anjou; los principales notables sicilianos partidarios de los Hohenstaufen habían buscado refugio en Barcelona y, desde allí, conspiraron con los aragoneses para recuperar el trono de Sicilia.

En la estrategia de bizantinos y aragoneses figuraba provocar el levantamiento popular en Sicilia, para retrasar los planes del ambicioso monarca, quien ya tenía a toda su flota preparada en el puerto de Mesina para iniciar la campaña de conquista de Constantinopla.
Para este cometido, los conspiradores habrían contado con el apoyo de algunos nobles sicilianos, quienes se habrían encargado de organizar la sublevación. Según esta versión, el incidente del soldado francés con la dama siciliana no sería más que una invención posterior destinada a apoyar el supuesto carácter popular de la revuelta; así pues, quienes lo habían organizado habían dispuesto que la señal que daría inicio a la algarada sería el tañer de las campanas de vísperas.

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Paz de Caltabellota

Sea como fuere, los resultados de esta sublevación fueron los deseados por Miguel Paleólogo y Pedro de Aragón, al derrumbarse como un castillo de naipes todos los megalómanos proyectos concebidos por Carlos de Anjou. La campaña para conquistar Constantinopla no tuvo lugar, y Carlos de Anjou inició una larga y estéril guerra contra la Casa de Aragón.
La guerra proseguiría tras las muertes de Carlos de Anjou y Pedro de Aragón, pasando a ser sostenida por sus respectivos herederos. Finalmente, la firma de la Paz de Caltabellota en 1302 supondría la independencia de Sicilia bajo la influencia de Aragón y la permanencia de Nápoles en manos de la dinastía inaugurada por Carlos de Anjou.

*Extraido del libro “Las 50 grandes masacres de la Historia”, escrito por Jesús Hernández

 

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